Los hijos que nunca tuvimos

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Los hijos que nunca tuvimos

Publicado en Brecha, Uruguay, enero 2015

Al final del los noventa en Perú, más de 250.000 mujeres indígenas y campesinas fueron esterilizadas contra su voluntad para cumplir con un supuesto programa de salud reproductiva y planificación familiar. Las primeras denuncias se iniciaron en 1997, pero hasta la fecha las víctimas no han recibido justicia. A pesar de esto, ellas siguen luchando y contando sus historias, esperando que el caso se vuelva a abrir.

Sabina y su hermana Nelly - foto: Mirko Cecchi

Sabina y su hermana Nelly – foto: Mirko Cecchi

Isabel nunca hubiera permitido que unos extraños obligaran a su hija Sabina a bañarse con agua helada, echándole encima chorros violentos, gritos e insultos, llamándola “Cuy, chancho, perra”. Ella, que solía calentar el agua sobre el fuego, enjabonarla suavemente y peinarle el negro pelo largo hasta hacerlo brillar. Pero Isabel ese día, el 25 de agosto de 1996, se había ido al entierro de unos tíos, muertos por un accidente en la carretera y no tenía idea de lo que le estaban haciendo a su hija.
Sabina Huilca Cóndor de 26 años, estaba el último mes de su tercer embarazo y cuando llegara el momento contaría con el auxilio de su madre y su hermana Nelly, como siempre había sido. En esa época en la pequeña comunidad de Huayllacocha, encajada en las montañas de los alrededores de Cusco, la antigua capital del Imperio Inca, a nadie se le hubiera ocurrido depender de un equipo de médicos, enfermeras y parteras para algo tan natural y cotidiano como dar a luz.
Sin embargo, las “promotoras de salud” que en la segunda mitad de los años noventa habían empezado a acudir a los pueblos más lejanos y en las zonas rurales con el objetivo de ayudar a las mujeres campesinas y las comunidades indígenas a lograr una mayor conciencia de sus cuerpos y de los sistemas anticonceptivos, habían recomendado a Sabina confiar en ellas porque el bebé estaba en posición podálica y un parto en casa podría poner en peligro la vida de la madre y el feto. Así que cuando a Sabina se rompió la fuente, ella y su esposo Carlos caminaron hacia el posto de salud más cercano.

COMO ANIMALES

Cuando la pequeña Soledad nació, a Carlos le ofrecieron un caldo en cambio de una firma sobre un documento que él no sabía ni leer y le invitaron a ir a casa tranquilo, que su esposa pasaría allí la noche.
“No puedes comer porque mañana te van a limpiar la barriga” le dijo una enfermera sin que ella entendiera a que se refería.
Sabina pasó la noche con Soledad, su primera hija que tanto había deseado después de dos varones, hasta que a las seis de la mañana la despertaron chillando:“¡Lavate tu boca! ¿Te ha bañado? ¡Lavate tu cuerpo! ¡Lavate tu cabello!”
“Me agarraron mi bebecita. Sacaron una manguera para ducharme. Me lloré. Nunca mi mamá me había bañado así, con agua fría. Me pusieron la ropa verde y una vía intravenosa. Me legaron las manos y las piernas a la camilla.
“Usted no tiene plata para mantener tantos hijos. Dais a la luz como chanchos, como cuys…”
Vino el doctor: “¿Sabes contar?” “Hasta diez no más conté… me dormí llorando y pidiendo a Dios. Me desperté que todavía me estaban cosiendo”
Cuando Carlos la fue a buscar, Sabina ya no era la mujer que había dejado la noche anterior.
“En el camino yo miraba al suelo si veía una piedra. Se la quería echar en la cabeza, porque él había permitido lo que me hicieron.”
Sabina había sido esterilizada. Por la fuerza, el engaño y la coacción, sin ninguna precaución higiénica, sin las herramientas apropiadas. Sin preocuparse por posibles complicaciones, infecciones, sangrados. Le habían cortado el vientre y lo había cosido a toda prisa, molestandose por sus gritos y sus pedidos de ayuda y explicaciones. Y luego, la habían tirado a la calle, exactamente como lo que la acusaban de ser, un animal.

(…)

En Vilelapampa, un caserío a 40 minutos de carro de Huancabamba, más allá de una montaña que tiene la cara de un diablo que en las noches se transforma en toro, viven Marta Angelica y Clarisa Gertudis, dos amigas de Esperanza, también “ligadas”. Vamos a visitarla por que no pueden pagar los pocos soles del pasaje y también por qué creen que nunca recibirán la compensación que piden.
“Todo el día recordando pero ¿para que?” El marido de Marta murió, mientras el de Clarissa está enfermo. Sus campos están secos y este año no han dado para vivir. Cuando les pregunto cuántos hijos tienen responden: “siete, cuatro vivos y tres muertos” y “ocho, siete vivos y uno muerto. Me faltan cuatro.” añade Clarisa calculando los que por culpa de la ligación nunca ha podido tener.
Pero todos se han ido lejos, en busca de suerte y trabajo. A Marta solo le queda Nancy, la más joven, que tiene 15 años. Su casa está hecha de barro, con un techo de paja, y el agua llega tres horas al mes porque está racionada entre todas las familias de la comunidad.
Puede ser que el pasado no se resuelva y de verdad no quede otra que olvidar, pero les queda el futuro, y también es muy duro. Porque la verdad es que poco ha cambiado para ellas: siguen siendo campesinas, marginadas y no hay políticas que las ayude.
Nancy observa callada su madre que se ilumina escuchando la última idea de Esperanza: un taller para crear mantas, bolsos y ponchos y venderlos en las ferias. Nancy va a la escuela y de Marta ha aprendido a tejer, el proyecto de Esperanza también es para ella. Le pregunto cuantos hijos quiere tener y tímidamente pero sin dudarlo responde: “Ninguno”. Su redención será la verdadera justicia.

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Acaí, el oro negro de la Amazonía

Foto Mirko Cecchi

Foto Mirko Cecchi

Pubblicato su El Tiempo, dicembre 2014

“Toda mi suerte se la debo a mi padre y a ese horrible accidente que sufrió cuando yo era niño”, admite Nazareno Alves, inventor y propietario de la cadena de restaurantes Point do Açaí, la más popular y frecuentada de Belém, capital del estado amazónico de Pará y mayor puerto en el río Amazonas.

Y de hecho, si hace treinta años, el señor Manuel no hubiera caído de la torre de alta tensión en la empresa donde trabajaba en el estado de Roraima, casi a la frontera con Venezuela y Guyana Francesa, Alves no se habría convertido en el impresario que ahora es.

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